
Todo el mundo guarda algún recuerdo que todavía da vergüenza y que vuelve justo cuando uno intenta dormir. ¿Sería posible borrarlo sin más? El neurocientífico Johannes Gräff, de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, responde que sí, aunque el asunto es bastante más complicado de lo que parece. Sus experimentos con ratones muestran dónde se guarda un recuerdo y cómo puede perder su carga traumática — y al final puedes comprobar cómo te llevas tú con tus propios recuerdos difíciles.
Antes de hablar de borrar recuerdos, conviene aclarar qué significa exactamente «borrar». Según el artículo publicado por CORDIS el 14 de agosto de 2026, existen, a grandes rasgos, dos corrientes de pensamiento sobre este tema.
La primera la representa el premio Nobel ruso Iván Pávlov, famoso por sus experimentos con perros. En los años veinte del siglo pasado, Pávlov propuso que los recuerdos pueden desaparecer gracias a un proceso activo de supresión. Dicho de otro modo: el cerebro tendría que esforzarse por apartar lo que no quiere conservar.
La segunda corriente procede de investigaciones más recientes y propone justo lo contrario. Para librarse de un recuerdo traumático no habría que reprimirlo, sino evocarlo de forma deliberada.
La explicación es sencilla de enunciar, aunque no tanto de aplicar. Cada vez que un recuerdo se activa, se vuelve maleable y puede modificarse. Ese mecanismo es precisamente el que aprovecha la terapia de exposición, en la que la persona se enfrenta de manera controlada a aquello que le provoca malestar.
Así, el olvido deja de entenderse como un simple cajón que se cierra con llave. Se parece más a un archivo que se abre, se revisa y se vuelve a guardar con cambios.
Johannes Gräff investiga en el Instituto Brain Mind de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en Suiza. Para él, uno de los cambios más importantes en este campo tiene que ver con la forma en que el cerebro almacena la información.
«Uno de los grandes avances de los últimos años ha sido el descubrimiento de los mecanismos por los que los recuerdos se almacenan en las células de engrama», señala el investigador.
¿Y qué es exactamente un engrama? Gräff lo resume así: «La idea es que, cada vez que aprendemos algo o vivimos una experiencia nueva, se activan determinadas células del cerebro y esa activación deja una huella en la memoria». Esa huella física, repartida entre neuronas concretas, es lo que los científicos intentan localizar y estudiar.
Con esa idea como punto de partida, el equipo de Gräff puso en marcha el proyecto Remote memory traces, financiado por el Consejo Europeo de Investigación. Su trabajo con ratones siguió varios pasos clave:
«Las pruebas posteriores sugirieron que los ratones eran capaces de “desaprender” o, por así decirlo, borrar el recuerdo de un suceso traumático», explica Gräff. Y enseguida matiza: «Aunque, para ser más precisos, no se borra el recuerdo en sí, sino la asociación con ese episodio traumático concreto».
Este matiz es importante. Lo que desaparece no es la experiencia, sino el vínculo entre esa experiencia y la reacción de miedo o angustia que la acompañaba.
Los experimentos fueron todavía más lejos. Según Gräff, en los ratones el equipo logró «introducir un interruptor molecular en las células de engrama. Al desactivarlo, el recuerdo desaparecía».
Visto así, parece el argumento de una película de ciencia ficción: basta con pulsar un botón dentro del cerebro para que un recuerdo se apague. ¿Significa eso que pronto se podrá hacer lo mismo con las personas?
«En teoría es posible», reconoce Gräff. Sin embargo, trasladar esta técnica a las personas sería muchísimo más difícil que hacerlo en un laboratorio con ratones.
El investigador lo plantea de forma muy directa: «En teoría, ¿podríamos recurrir a la terapia génica para activar o desactivar determinadas neuronas? —se pregunta Gräff—. Yo creo que sí, pero con una salvedad: de momento actuaríamos a ciegas, sin saber con certeza si estamos borrando un recuerdo o no. Así que, por ahora, este método no es viable».
En otras palabras, el problema no es solo técnico. Mientras no se sepa con seguridad qué se está eliminando, intervenir en el cerebro humano de esta manera no tiene sentido.
Por eso Gräff apuesta por una vía más práctica. Su objetivo es aprovechar lo aprendido sobre el «desaprendizaje» de experiencias traumáticas para investigar, por ejemplo, estrategias farmacológicas seguras que potencien los efectos de la terapia de exposición.
Si esa línea de trabajo da resultados, podría ser muy beneficiosa para las personas con trastorno por estrés postraumático (TEPT). La idea no es borrarles la memoria, sino ayudarlas a afrontar los recuerdos traumáticos y dejarlos atrás.
La respuesta corta a la pregunta del titular es que sí se puede «borrar» un recuerdo, pero no como se imagina en el cine. Los recuerdos se guardan en las células de engrama, y en ratones se ha conseguido que pierdan su asociación traumática e incluso desactivarlos con un interruptor molecular.
En humanos, ese camino sigue cerrado por ahora, porque se actuaría a ciegas. Lo más prometedor a corto plazo es reforzar con fármacos seguros la terapia de exposición, que ya se basa en una idea clave: un recuerdo que se activa se vuelve maleable y puede cambiar.
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